Si Trump ejecuta su plan arancelario, el mundo se asoma a un orden económico en el que imperará la ley del más fuerte. En España, el Gobierno telefoneó al fin al PP, aunque la comparecencia pública del presidente obliga a primar la desconfianza
NotMid 04/04/2025
EDITORIAL
Donald Trump está impulsando el programa económico más caótico de la historia de Estados Unidos. El denominado por el presidente como «Día de la Liberación» o «de la Independencia Económica» desató ayer el pánico en Wall Street y contagió a los mercados de todo el mundo debido a su plan de aranceles masivos y unilaterales, más estrafalarios de lo esperado. Trump promete devolver a EEUU a su «edad de oro» con un proteccionismo salvaje que echa la mirada hacia el siglo XIX y que, si se acaba aplicando, supondrá una profunda revolución en el orden económico mundial.
El sistema de colaboración entre Estados que rige desde la II Guerra Mundial, y que ha reportado a Occidente sus mejores décadas de prosperidad, dará paso a un tablero dominado por la ley del más fuerte. Un escenario de guerra comercial que, sumado al paso atrás de EEUU como potencia defensiva aliada de Europa, sitúan a la UE en un momento extraordinariamente crítico que la obliga a actuar unida y a reforzar de forma definitiva su integración económica, militar y política, lo que empieza por derribar las barreras comerciales internas entre los 27 Estados miembros.
A grandes rasgos, Trump anuncia aranceles del 10% a todos los países, y más altos para aquellos a los que considera «delincuentes». Una larga lista negra -sin Rusia- en la que no distingue a amigos como la UE, con el 20%, y Japón, con el 24%, de enemigos como China, con el 34%.
El edificio, aún falto de mucha claridad, está además cimentado sobre la mentira. Porque tan falso es el relato victimista con el que lo justifica -un pueblo estadounidense expoliado por el resto del mundo- como los criterios supuestamente técnicos en los que basa su tabla -un cálculo arbitrario de las tasas que ningún especialista serio puede racionalmente defender-.
En todo caso, y más allá de la incoherencia con su apelación al libre comercio, el planteamiento de Trump no deja espacio al optimismo. Las enormes contraindicaciones del proyecto son inocultables. La principal es el perjuicio seguro para el propio pueblo estadounidense; los precios aumentarán en todo el mundo pero también en EEUU, donde la recesión es muy probable. La grave inseguridad jurídica hace además de EEUU un país no confiable y facilita el camino al reforzamiento de China. The Wall Street Journal advertía ayer del gran error de Trump y del «fin del liderazgo económico estadounidense» en el mundo.
La incertidumbre es aún grande, y no puede descartarse la posibilidad de que Trump acabe rebajando o no aplicando parte de los aranceles anunciados. Por ahora, la propia Ursula von der Leyen ha evitado anticipar represalias severas porque Bruselas confía en negociar. Con todo, el impacto económico esperado en Europa -81.000 millones de euros anuales- la empujan imperiosamente a buscar nuevos aliados comerciales.
En España, socialistas y populares, que gobiernan juntos en Bruselas, parecen exhibir sintonía en esta ocasión. Tanto el presidente como Alberto Núñez Feijóo coinciden en defender a los sectores afectados frente al «proteccionismo» de Trump, y en reprochar a Vox su inexplicable apoyo a unos aranceles que sin duda perjudicarán a nuestra economía. Esta vez, el Gobierno sí ha telefoneado de inmediato al PP, y Carlos Cuerpo recibió ayer a Juan Bravo en el Ministerio de Economía.
No obstante, la comparecencia de Pedro Sánchez ayer en la Moncloa resultó muy inquietante. El plan del Gobierno, que promete 14.100 millones de euros, contiene medidas positivas, como las ayudas al sector del automóvil. Pero la escenografía y el tono del presidente, con lemas propagandísticos que recuerdan a la pandemia («Nuestros valores no están en venta. Nuestros productos y servicios, sí») y con un discurso en el que se erigió como salvador de una nueva emergencia nacional, obligan a primar la desconfianza.
Por desgracia, no sería ninguna sorpresa que, en su momento de mayor debilidad política y personal, Sánchez utilizara la guerra comercial desatada en Washington para apuntalar su propia supervivencia política.