Los rebeldes entran en Sednaya, el corazón del gulag sirio, que esconde máquinas de tortura medieval, cadalsos y una sala en la que se disolvía a los presos en ácido
NotMid 10/12/2024
MUNDO
El corazón del gulag sirio funcionaba como un agujero negro inexistente para el resto de la población, donde sus familiares llegaban detenidos para no volver a saber de ellos. Desde que se construyó en 1987 como un centro de tortura, ningún funcionario del régimen de Asad distribuyó fotografías ni habló de este edificio en público. A esta cárcel, destinada a opositores, estudiantes, intelectuales y periodistas, era fácil entrar, pero casi imposible salir. Tan sólo Google Maps, gracias a su imagen de satélite, dio pruebas de su existencia: construcción central con tres alas y cinco auxiliares, coordenadas 33°39’56” norte 36°19’44″este. La llamaban «el matadero humano». Sednaya era el centro del terror asadista.
Los horrores de la prisión de Sednaya definen la naturaleza del régimen de los Asad, que asentó su poder en la represión durante 54 años. Entre las innumerables pruebas de la violencia feroz de este régimen, que ha matado a más de 140.000 personas según la oposición, ayer se encontraron salas de tortura con una prensa humana, la «machacadora de huesos», una butaca para descargas eléctricas, un crematorio y una sala llena de cadáveres con signos de tortura.
La llegada de los rebeldes hasta sus galerías el pasado domingo ha liberado a cientos de presos, la mayoría desde los años de la Primavera Árabe, pero algunos encerrados desde mucho antes. Raghad Tatary, por ejemplo, era piloto de la aviación siria durante los años de Hafez Asad, padre de Bashar. En 1980, recibió órdenes de bombardear las columnas de manifestantes que protestaban contra el régimen en el centro de Hama. Tatary se negó a hacerlo y llevaba desde entonces entre rejas. Tal al-Mallouhi, una bloguera encerrada en 2011, cuando tenía sólo 19 años, fue encontrada con vida.
Cadáveres andantes
Los presos liberados presentan una apariencia cadavérica. Algunos de ellos, con la cabeza rapada y aspecto enloquecido, no recordaban ni su nombre. Un activista recién llegado a la prisión fotografió a algunos de ellos, los más desorientados, y colgó sus fotos en la red social X a la espera de que alguien pueda identificarlos y se haga cargo de ellos.

Según los combatientes, cada ala estaba especializada en una forma diferente de tortura, pero en todas ellas se han encontrado los cuencos de comida y excrementos por todas partes. En la zona de las mujeres, los rebeldes se encontraron con muchos niños pequeños ya nacidos en cautiverio. Aseguran que la mayoría de las mujeres han sido violadas de forma rutinaria.
De un primer vistazo, los recién llegados se han encontrado un cadalso en la zona central de la cárcel, en el que se ahorcaba a los prisioneros sobre los que había orden de ejecución. Las sogas ensangrentadas aún colgaban del techo. Varios testigos afirman que, al amanecer, los carceleros recorrían los pasillos repitiendo a gritos los nombres de los que iban a morir. A esas personas se les privaba de agua y comida durante tres días antes de ponerle la soga al cuello.

En los edificios externos, la liberación celda por celda llegó pronto. Unas 2.000 personas corrieron por las carreteras cercanas a la prisión sin saber muy bien a dónde ir. Pero en las salas de control, donde se registra la señal de miles de cámaras de seguridad, aún se veían presos dentro de sus cubículos. Si se habían abierto las galerías, ¿dónde estaban esos prisioneros? Tras revisar los planos originales de los edificios durante horas, se dieron cuenta de que esas mazmorras no pertenecían a la prisión original de 1987.
El horror bajo tierra
Pronto comprendieron que Sednaya son en realidad dos cárceles, la externa, con edificios que reciben la luz del sol, y la subterránea, más conocida como la «prisión roja». Se trata de varios niveles bajo el nivel del suelo donde el régimen de Asad metía a aquellos prisioneros desahuciados, los que no querían que vieran nunca más la luz del día, igual que Edmundo Dantés, protagonista de El conde de Montecristo, encerrado para siempre en el castillo de If. Hay que revisar las fórmulas de los campos de exterminio nazis para encontrar un horror tan despiadado.

En su intento de acceso a la «prisión roja» los rebeldes se han encontrado con un problema: los carceleros han huido con los códigos de las puertas principales y tienen que servirse de mazas, martillos pilones y otras herramientas para perforar el hormigón del suelo y las paredes. Unos 1.500 presos seguían ayer dentro de esas celdas, muchos de ellos ajenos a la liberación de los pisos superiores. Con el paso de las horas, miles de familiares que llevan más de 10 años sin saber nada de sus seres queridos se acercaron en coche a la cárcel con viejas fotografías a preguntar por ellos y vocear sus nombres.

Algunos tuvieron que recorrer los pasillos y unos pocos se reunieron con los suyos entre abrazos y lágrimas. Pero la mayoría hacía guardia en las puertas para ver si reconocían las caras de los liberados. Ahmed Najjar había llegado a Damasco desde Alepo con la esperanza de encontrar a los dos hijos de su hermano, capturados por las fuerzas de seguridad de Asad en 2012. «Estamos buscando. Dicen que hay una prisión subterránea», afirmó. «Hay tres miembros de mi familia desaparecidos. Nos dijeron que hay varios niveles bajo tierra y que la gente se está ahogando en ellos, pero no sabemos dónde están», dijo al diario The Guardian Ahmad al-Shnein mientras buscaba en el pasillo de la prisión.
Un agujero negro
En las celdas ya abiertas, con el tamaño justo para meter un colchón, vivían cuatro o cinco detenidos que no cabían tumbados y que compartían para hacer sus necesidades un pestilente baño turco, es decir, un agujero en el suelo. Muchos muros están escritos con nombres de los presos que después murieron allí o con despedidas a sus familiares. Cada vez que encontraban un nuevo pasillo oculto en el suelo, varias mujeres gritaban: «Hijo mío, ya voy, ya voy». Una de ellas suplicaba: «Dios, por favor no me decepciones», informa el reportero de Reuters. Encontraron también una sala donde se disolvía en ácido a los ejecutados.
La ausencia de electricidad provoca que los rebeldes tengan que orientarse dentro con las linternas de sus teléfonos móviles. Al caer el sistema de ventilación, creen que los presos del nivel más bajo, al que aún no se ha conseguido acceder, corren riesgo de asfixia. Los Cascos Blancos, una organización de rescatadores, usaba sus perros para tratar de encontrar lugares por los que perforar los suelos en busca de nuevos laberintos bajo tierra. A última hora aseguraron que no hay otras prisiones subterráneas en los alrededores de la prisión principal.
Miles de personas fueron ejecutadas y enterradas en fosas comunes que habrá que excavar cerca de los edificios. Los guardias han huido y los nuevos dirigentes han ordenado su detención para que aporten toda la información y sean juzgados.
Agencias