NotMid 03/11/2023
OPINIÓN
FRANCISCO PASCUAL
Todo en esta semana recuerda demasiado a 1986. Obviamente, por el juramento de la Constitución de Leonor de Borbón en el Congreso de los Diputados, como el 30 de enero de aquel año hiciera su padre. Y también por el regusto a la operación de propaganda encubierta más célebre de la historia de la Democracia. Ésta se ejecutó un 19 de junio, tres días antes de las elecciones que revalidarían la mayoría absoluta de Felipe González y sólo unas pocas horas después de que España goleara a Dinamarca en los cuartos de final del Mundial de México.
La sección de Deportes de la segunda edición del Telediario de una RTVE dirigida por José María Calviño -padre de la actual vicepresidenta- estuvo dedicada a la repetición de los cuatro tantos de Emilio Butragueño. Detrás de cada gol, los editores sobreimpresionaban durante unas décimas de segundo una imagen del puño y la rosa del PSOE. La emoción de un país quedaba identificada con el proyecto político de un partido. Fue una manipulación tan obscena que arruinó el efecto que pretendía.
La Moncloa decidió que el pasado martes, coincidiendo con los actos de la jura de la Princesa de Asturias, era el día adecuado para ir filtrando el acuerdo definitivo con Esquerra Republicana sobre la amnistía. A lo largo de toda la jornada se fueron sucediendo los parabienes del pacto finalmente sellado ayer.
La rehabilitación de los golpistas, la desautorización de los jueces y policías que les hicieron frente y la degradación del Estado quedaba matizada por el símbolo de permanencia de la nación en su versión más emotiva.
España no se rompía, sino que se normalizaba y todo gracias a la investidura de Pedro Sánchez, haciendo de la necesidad virtud. Otra vez los intereses de un partido alineados con los de la nación. Y, de nuevo, una operación de propaganda tan obscena que carece de recorrido si su fin, más que vencer, es convencer.
Vienen emociones más fuertes. El PSOE ha asumido íntegramente en el pacto con ERC la interpretación independentista del golpe institucional de 2017, justificado como un choque entre «una legitimidad parlamentaria» (la catalana) con otra «Constitucional» (la del Estado), convirtiendo así a España en la única democracia avanzada del mundo en la que su Carta Magna no está en un plano superior al resto. A partir de ahí todo es posible.
Sánchez ha mostrado demasiadas veces un desinterés profundo sobre lo que inquieta y piensa la mitad de la población, a la que atribuye indigencia democrática y arrumba dentro de un significante atrapalotodo llamado «la derecha y la ultraderecha».
Sin embargo, la magnitud de la osadía que constituye recompensar política, jurídica y económicamente a quienes reventaron la convivencia a cambio de su investidura genera un riesgo sistémico imprevisible. Si el cometido de las instituciones sólo es blindar el poder de una única persona, la ciudadanía desconectará de ellas.
Eso, ni más ni menos, es lo que va a tener en la mesa Conde-Pumpido. No el Rey Felipe, hacia el que se giran muchos ciudadanos en busca de consuelo, y que debe su cargo al escrupuloso respeto de la Constitución, como hizo aquel 3 de octubre de 2017.