Sólo lo personal nos defiende siempre de lo político; de Errejón, de sus verdugos
NotMid 01/11/2024
OPINIÓN
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS
A cuenta de la escandalera de Íñigo Errejón y el alarde de hipocresía de las mujeres de su harén político, que han protegido sus desmanes durante años, los más inteligentes y memoriosos han recordado un eslogan con el que Podemos debutó en la vida pública española y que ha dejado la huella más profunda y detestable de todas las suyas, que ya es dejar. La frase «lo personal es político» resume la alternativa comunista a la tradición liberal del gobierno limitado, desarrollada desde la Escuela de Salamanca hasta los padres fundadores de Estados Unidos, que tenían devoción por el Padre Mariana.
Se conserva una carta de Benjamin Franklin a John Adams contándole alborozado que ha conseguido un ejemplar de De rege institutione, libro que esgrimió Cromwell en el Parlamento para decapitar a Carlos I, y que quemaron en la Sorbona bajo la acusación de incitar al magnicidio contra el rey de Francia.
El conflicto entre lo personal y lo político, que es lo propio de la polis o ciudad, viene de antiguo. La base de nuestro pensamiento liberal es cristiana, y defiende la sagrada dignidad del hombre hecho «a imagen y semejanza de Dios». «Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», dice el Evangelio. Pero, al diferenciar la libertad íntima del hombre y el poder material del Estado, se entiende ilegítimo vetar el libre albedrío, tan católico.
El comunismo es una enmienda radical a las dos familias cristianas. Y, siguiendo a Marx y a Bakunin, los leninistas de 1917 se creen por encima de las leyes y de la propia naturaleza, proclaman el terror rojo como derecho y colocan su voluntad política sobre lo individual, o sea, lo contrarrevolucionario y perseguible. El «hombre nuevo» comunista es una deidad satánica que aboga por la eugenesia (Trotski), inventa la ciencia «proletaria» (Lysenko bajo Stalin, Mao en la Revolución Cultural) y defiende la invasión de los ámbitos personales y familiares desde el primer Estado totalitario, el de Lenin.
Ahí una persona no es culpable por lo que hace, sino por lo que hizo su familia, su raza o su sexo, sin tener él arte ni parte. Las checas y los escraches nacen de esa idea del mundo incompatible con la libertad. La de la sociedad con una justicia independiente; la del individuo sin tutelas ideológicas, de género, memoria u opinión. Sólo lo personal nos defiende siempre de lo político; de Errejón, de sus verdugos.