La pregunta a la que quizá debe responder la política es si hace lo suficiente para el mantenimiento del orden. Dicho blanco sobre negro: si ha llegado la hora de subir el precio de los desórdenes
NotMid 04/07/2023
OPINIÓN
ARCADI ESPADA
A diferencia de los países musulmanes, paraíso perdido de tantos jóvenes que incendian las noches de las periferias, en toda Europa puede destruirse el espacio público a bajo coste. Un ejemplo reciente fue el de Cataluña. Los disturbios desencadenados durante el otoño de 2019, con el argumento de la condena de los sediciosos nacionalistas, solo supusieron unas magulladuras para los actores de la violencia, aunque mucha peor suerte corrió el policía al que rompieron el cráneo. Siempre hay un discurso disponible para la violencia. Entonces fue la soberanía de Cataluña. Y estas noches francesas la muerte de un joven por el disparo de alguien que cometió, probablemente, uno de esos errores fatales propios de profesionales de alto compromiso técnico como policías, médicos o jueces.
Como de costumbre, la mísera hipocresía socialdemócrata ha subido unas octavas su discurso de fondo de armario: las violencias son el resultado del insoportable espectáculo de que haya pobres y ricos. En las dictaduras musulmanas también viven jóvenes con la testosterona en flor, cargados de nihilismo y con la apreciable voluntad de romperlo todo. E incluso viven jóvenes reformistas, capaces de jugarse la vida por conseguir que la política de sus países deje de ser un crimen. Pero el precio que pagan es tan alto como la distancia entre el suelo y sus pies cuando cuelgan de las grúas.
En Europa, en lo que los poetisos del oficio llaman noches de cólera, se producen a veces accidentes. Pero la moral democrática, la tecnología y los nervios templados de los policías consiguen que la respuesta del orden civil dañe muy esporádicamente las vidas de los encolerizados. La pregunta a la que quizá haya de responder ahora la política es si hace lo suficiente para el mantenimiento del orden. Dicho blanco sobre negro: si ha llegado la hora de subir el precio de los desórdenes. Lo de estas noches de Francia, y lo que con menor énfasis pasa en sus banlieues cada fin de semana, no supone solo la destrucción puramente material del espacio público, sino también la destrucción simbólica de la comunidad. Cada incendio es una escenificación de guerra civil; y luego de actuar en el teatro, o simplemente de verlo, ningún francés vuelve a casa como salió. La subida de precio es una medida discutible. Al fin y al cabo la democracia es un derroche y puede permitirse lo que las dictaduras musulmanas ni soñarían. Un nivel de la vida. Pero lo indiscutible es la obligación de acabar con la infamia sociológica de las causas de la violencia, que son siempre eufemismo de causas justas. Nada en la turba es noble ni bueno ni sagrado.